Rojas-Bermúdez y el psicodrama

En este perfil encaja el Dr. Jaime Rojas-Bermúdez, un psiquiatra, psicoanalista por formación y sicodramatista por elección, que no es demasiado conocido en ámbitos académicos, probablemente por su talante independiente.

Comenzó a utilizar el sicodrama en Argentina en 1957. Cofundó la Asociación Argentina de Sicodrama y Sicoterapia de Grupo en 1963. Fue uno de los introductores del sicodrama en Latinoamérica y en España, donde reside desde hace varios años. Como veremos, su elección de las técnicas sicodramáticas se deriva de elaborados principios teóricos.

Aunque no es tarea sencilla glosar brevemente su teoría y métodos, intentaré transmitir sus fundamentos y los aspectos más relevantes para el tratamiento de las psicosis.

Comencemos por el psicodrama. Mientras que en la calle se considera que el psicodrama es una forma de teatro vagamente terapéutica y según el DRAE es una “técnica psicoanalítica”, en los manuales de psiquiatría o psicología se menciona tangencialmente a Moreno en relación con la psicoterapia de grupo. Los aspectos teóricos apenas se tratan y mucho menos se dice sobre avances y desarrollos posteriores.

Lo cierto es que Moreno no desarrolló una verdadera teoría psicológica. Por esta razón, algunos psicodramatistas han buscado soporte en teorías ajenas, mientras que otros se han volcado en el “hacer”, conduciendo a situaciones tan pintorescas como la de México, donde se supone que hay tantos psicodramas como psicodramatistas.

El Dr. Rojas-Bermúdez comenzó a utilizar técnicas psicodramáticas en la práctica clínica con esquizofrénicos a principios de los 60 en Argentina, integrando en sus reflexiones conocimientos procedentes de diversas disciplinas (etología, psicología evolutiva y social, psiquiatría, neurología, embriología, etc.) y construyendo una completa y elaborada teoría del psiquismo que proporciona una amplia plataforma para la observación del "fenómeno humano".

He calificado su sicodrama como “formal” porque el enfoque de Rojas-Bermúdez responde al de un observador formal en el amplio sentido de la palabra, porque tanto en la teoría como en la práctica es metódico en sus observaciones y porque es, en definitiva, un observador de formas.

Observando las formas que el protagonista o el grupo expresan a través de sus actos no aspira a su interpretación, porque admite que toda interpretación es subjetiva, sino que intenta comprender la estructura de la vivencia para acceder a los contenidos expresados. Y ya que, durante millones de años, el hombre se expresó sin palabras, observa lo corporal y presta especial atención a las formas de expresión no verbal.

También considera la forma complementaria de la observada: del mismo modo que no tiene sentido observar un organismo aislado del medio con el que interactúa, no se puede separar en el ser humano lo biológico de lo social, lo filogenético de lo ontogenético, etc.

Tiene en cuenta el encuadre de la observación, considerando la forma en que se realiza y aspectos tales como la perspectiva y el enfoque, la posición y el nivel.

Considera el contexto de la observación, porque implica un cambio en las reglas que se siguen y aceptan.